Las personas que llegan a nuestra comunidad, a nuestras casas, que llaman a la puerta, traen sus propias señas de identidad. Vienen con criterios distintos, con mucho que purificar. Y también con el aire fresco del espíritu. A todo aquel que se acerca se le piden dos cosas, imprescindibles: que nos conozca, y que aprenda a querer el carisma y tesoro que Dios nos ha dado (y en ese proceso que lo descubra como suyo, que lo haga propio, que se deje contagiar y empapar); y que no pierda su carisma personal, aquel que Dios le regaló precisamente para hacer más fructífera a la Escuela Pía.
Este es el proceso de acogida, siempre recíproco. Y la belleza de los primeros intercambios. Caridad por ambas partes y mucha fuerza para respetar el don de Dios, siempre diverso, múltiple y variado. |