Entrar en clase, una experiencia de fe

Entrar en clase es una aventura espiritual para quien sabe mirar. No sólo es un compromiso con los pobres o una misión, sino una palabra de parte de Dios. Entrar en clase supone, para quien quiera mirarlo, una acción de gracias a Dios por el don recibido y también una respuesta a la llamada que provoca ese don en nuestro interior.

Entrar en clase es, igualmente, la posibilidad de encontrarme con el otro, la ventana abierta a la educación y a las grandes preguntas. Y por lo tanto, no da igual cómo se haga en ninguno de sus aspectos, ni cómo se abra la puerta, ni cómo se salude, ni por dónde se llegue al "lugar" del maestro, ni cómo se reciban las miradas de los demás, ni cómo inicie todo.

Pero no hablo de psicología básica, sino de una experiencia espiritual, y por tanto creyente y de Iglesia. Es mi lugar, porque Dios lo ha querido. Y mi imagen es, de alguna manera, la imagen de Jesucristo y la imagen de la Iglesia. Es cierto que soy yo quien entra, pero no solo.

Supone haberse encontrado antes con Dios y desear que vuelva a suceder. Entro en clase, como escolapio, porque me he encontrado con Dios. Si no, sería simplemente maestro o profesor, pero soy escolapio. No me lo puedo quitar de encima, ni decir "ahora no". Él es la razón de que yo esté allí y por Él lo hago. Por él he preparado mi clase, de forma diferente, pensando en mis alumnos y en la vida, intentando educar tal y como Él me ha educado. Y ahora, estoy allí, abriendo la puerta dispuesto a dar gratis lo que he recibido gratis.

PP. ESCOLAPIOS - ESCUELAS PIAS