Entonces es cuando me preguntan: "¿Y cómo lo sentiste?" Para mis adentros pienso: Este es el momento en el que me apetece decir: "A que mola sentir que alguien tiene un sueño para mí. Tú también lo buscas, ¿verdad? El sentido de tu vida, algo que te haga ser feliz, estar lleno." De verdad, es uno de los momentos en los que más me doy cuenta de que todos tenemos una llamada, que Dios sueña con todos.
Lo cierto es que lo anterior, todo lo que he dicho, es verdad. Pero hay más razones. Ni mi vida, ni mucho menos toda mi historia, y ni de lejos el plan de Dios se puede reducir a lo anterior. A los segundos, a esos que digo que Dios me ha acercado de forma particular, les cuento algo mayor. Les digo, con el corazón en un puño y los pelos como escarpias, que un día que buscaba, como todos los días, algo de paz y sosiego escondiéndome un poco de mí mismo, Dios me quiso y me hizo ver que a su lado nada es comparable. Les cuento que no era un joven entre otros, porque la verdad es que era verdad que andaba metido en más líos de los que me correspondían y había dado un giro raro a mi adolescencia. Pero aquel día, entre la penumbra vislumbré una voz y una Palabra. Escuché. Y me interrumpen para preguntarme si escuché de verdad una voz. Momento en el que yo, casi tan pesadumbrado como indignado, les digo que no, que una voz en sí no, pero que sí viví que alguien me hablaba. ¿Escuché? Sí. ¿Una voz? Sí. ¿Algo extraordinario? No. Quizá tan ordinario como los impulsos del corazón, los deseos, los vértices de la propia vida y los irrenunciables que todos tenemos, pero sacados a la luz con tanta fuerza que no eran, ni de lejos, algo mío. Os aseguro, prosigo yo diciéndoles a mis amigos, que si entonces me dicen que "voy a ser cura" el primero que se ríe no soy yo, sino cualquiera que me conociera entonces. Yo no me reí.
Y aquello no se fue de mi vida. Se clavó hondamente aquella palabra, de tal manera que todo a mi alrededor era incomparable a lo vivido entonces. Por donde iba venía conmigo, no repitiéndose como el pepinillo, sino sazonando todo. Empecé a mirar de forma diferente, a sentirme diferente, a descubrir que algo particular y único, no por extraordinario sino por personal, había acontecido en mi vida. Es cierto. Los lugares por los que iba y salía no parecían los mismos. Al contrario de lo que alguno puede pensar, no condenaba por "malos" a los demás, sino más bien por "mejores" que yo. Casi todos me parecían mejores para la llamada que sentía, pero es que la llamada era mía.
Mal hubiera hecho pensando que aquello se pasaría, sin más. Hubiera perdido el tren de lo que soy ahora. Y, créeme, no quisiera saber en qué líos andaría, a estas alturas.
¿Soy mejor que otros? No. ¿Soy distinto? No demasiado. ¿Soy anormal, extraordinario, extraterrestre? Ni de lejos, y cuanta más gente conozco y situaciones aparecen ante mí, menos. ¿Soy único? Sí, como cualquier persona. Y, en parte, en esto consiste mi vocación. Como soy cura, y eso para muchos es rarísisisimo, aprovecho para decir, cuando me hacen esta pregunta, que para Dios todos somos únicos. En esto consiste la vocación. La mía, y también la tuya. |