La docilidad al Espíritu, la apertura del escolapio a su acción, configura la vida diaria y el quehacer educativo. Sin el Espíritu no hay fuerza, pero tampoco fidelidad al carisma recibido. No somos educadores por méritos propios, sino por vocación. Buscamos hacer aquello que Dios hizo con nosotros primero. |