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Su jornada era sencilla. Sólo dejarse guiar. Pero él mismo contó, el día que subíamos al monte, que al final fue tentado. No era debilidad, ni descontento. No quería cambiar en nada. Sólo permanecer firme.
Primero le ofrecieron pan, a cambio de torcerse. Después poder, pero como esclavo. Y por último, la gloria que nace de los hombres. En todo momento se mantuvo firme en la Palabra, que le defendía. Ciertamente, Él era la Palabra para nosotros.
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