... pero se escuchaba de todo. Jesús se atreve a preguntar a sus discípulos y encuentra una curiosa respuesta: "No saben quién eres." Bueno, no así exactamente, lo que responden los discípulos es que la gente cree que es un profeta, que es Elías, que es Jeremías... Vamos, que alguien especial, pero sin saber bien, más bien confundidos.
Jesús, sin perturbarse ni preocuparse por lo que otros dicen, le pregunta: "¿Y tú quién dices que soy yo?". Que el resto de la gente se confunda, que tengan distintas opiniones, es normal. Pero vosotros, los que me seguís, escucháis, coméis conmigo... "Vosotros quién decis que soy yo."
No estamos jugando al identity, ni tenemos los ojos tapados. Estamos mirando, igual que los discípulos. Si bien no siempre encontramos las palabas adecuadas o exactas. O las palabras que tenemos no nos valen del todo. Entre los discípulos, se sembró el silencio. Y sólo Pedro tomó se alzó para decir: "Tú eres el Mesías, el Cristo."
Pedro había descubierto que todo lo que él esperaba desde siempre, que todo lo que deseaba en silencio, que todos los momentos en los que estaba bien con Dios se cumplían en ese Jesús que tenía delante. Pedro había sentido el dolor de la vida, el sufrimiento, la rutina, y había protestado contra Dios. Pedro se encontraba bien cuando salía a navegar y conseguía una gran cosecha. Y todo esto se encarnaba en Jesús, porque con él no había miedo que no pudiera ser vencido, ni momento en el que Dios lo abandonase en las aguas, todos los días eran nuevas, y todo sufrimiento de los hombres se superaba. Jesús era todo.
Y Pedro recibió una palabra: "A partir de ese momento, se convirtió en Piedra de la Iglesia." Por lo que ha dicho, sólo por lo que ha dicho. Jesús sabe que Pedro utiliza palabras que le quedan grandes, pero se atreve. Jesús sabe que Pedro no sabe qué significa del todo lo que está diciendo, que todavía no ha sido probado del todo. Pero por su valentía y ganas de encontrar a Dios, Pedro ha recibido su vocación.