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Darle a Dios la oportunidad de hablar es arriesgado. Muchos prefieren ocultarse en sus mediocridades y miedos antes que enfrentarse con tanto cariño. Quienes no se han sentido amados por Dios, no saben de qué va todo esto.
Es semejante a ese momento en el que dejamos que otros, que nos quieren y sentimos cercanos, nos digan quiénes somos para ellos. De su boca sale palabras de amor, de ánimo, de reconocimiento.
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