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Pero los discípulos andaban inseguros, porque no tenían claro cómo debían comportarse, y qué podían esperar. Si les hubiéramos preguntado, seguro que todos podrían decir prácticamente lo mismo: "No lo tengo claro."
Para las cuestiones más importantes de la vida, lo más seguro es que, al final de una conversación, nos quede poco claro qué sentimos, qué podemos esperar y qué tenemos realmente. Distinguir entre lo que hay y lo que desearíamos, nos es fácil.
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