Y aunque aparezcan miles de señales, el encuentro con Dios siempre revela lo mismo: Él también te buscaba, te esperaba, sabía que ibas a cruzar por allí, y ése era el momento preciso. Había deseado el encuentro y también se preguntaba dónde estabas, por qué no le veías, o te parabas, o decías lo que llevabas en el corazón.