Parece una simulación, una especie de juego en el que soy y no soy. No crecer tiene muchas ventajas cómodas y fáciles, pero deriva en el infantilismo, la continua dependencia, la pérdida del mundo personal, el riesgo de las rabietas. Pero tiene muchas ventajas. Y no pocas veces se imponen. Crecer, sin embargo, conlleva esas limitaciones que el mundo considera atentados frente a la libertad: se llaman responsabilidades, coherencias, implicaciones.
"La persona crece con el tiempo"; "Se va madurando, casi sin querer". Frases similares se escuchan habitualmente. En las calles, y en las casas. Algunas veces con tensión se dice: "A ver si creces de una vez", o "Pareces un crío caprichoso". Son instantes en los que se pierde la cordura de las situaciones y vence la impotencia. Frente a lo que da el tiempo, existe otra forma de crecer que es "querer crecer". Y si es cuestión de "querer" es cuestión igualmente de "amor". Se crece por amor. Pero no todos los amores hacen crecer.
Hay amores que matan, y otros que hacen infantiles. Pero también hay pasiones que empujan la persona hacia lo mejor. Anhelar ese amor y desearlo, ¿de dónde nace? Quien confía su tiempo a lo que suceda, recibirá "cualquier cosa que pase". Y quien no quiere cualquier cosa, tiene que buscarse la vida y aprender. Esto es querer crecer, aquí está la diferencia. Unos ven la vida pasar, otros se comen la vida escudriñando dentro de ella lo mejor que pueda darles.