SOBRE LOS SENTIDOS Y SUS MUNDOS. ¿Qué hacer? |
Escuchar, mirar, tocar, oler, gustar... Reciben la fuerza del mundo que nos rodea. El mundo impacta en ellos, se queda incrustada la realidad dentro de la persona. Y ahora comienza el reto: interpretar.
Interpretar qué es lo que estoy viendo, oliendo, gustado, mirando y escuchando. No son datos sin más, dependen del momento y del lugar. Luego dependen de aquella parte del mundo en el que me haya tocado nacer, en el que esté viviendo y también del que yo elija, en cierta medida.
Por otro lado, la postmodernidad nos impulsa a sentir y sentir. A mirar, imágenes cada vez más rápidas. El número de fotogramas aumenta en las películas a grandes pasos, las web de internet tiene que ser atractivas. Nos invita a escuchar continuamente, pegados al mp3, mp4, iPod, móviles... Nos complace gustar un buen plato, una comida sabrosa. Y así sucesivamente. Pegándonos a la realidad por medio de nuestros sentidos, pero a aquella realidad que nos sirve y complace.
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Continuar más allá de la experiencia, de lo que se ve |
La carrera de los sentidos, como en su momento la carrera de armamentos, ha puesto sus fronteras entre los seres humanos. El criterio de los sentidos, en tanto que sólo soy yo quien siente, soy yo mismo. Son mis sentidos, como es también mi lugar en el mundo. Soy yo quien debo decidir sobre ellos y quien recibe a través de ellos.
Conducir los sentidos. En lugar de dejarse conducir por ellos y estar a su servicio. En la tradición espiritual de la Iglesia el "dominio de sí mismo" no es un falto autocontrol (sólo imagen, sólo apariencia) ni represión (por encima de mis fuerzas, culpa insana) sino "ser señor" de aquello que me hace ser persona. Los sentidos, en gran medida, me hacen crecer a través de las experiencias. Y como me hacen crecer, he de dirigirlos donde más me conviene en el camino del Evangelio.
¿Qué miro, qué escucho, qué toco, qué huelo, qué gusto? Eso será criterio de discernimiento en la medida en que el Evangelio pueda iluminarlo. Dos ejemplos.
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Hay quienes creen que ven más allá de sí mismos, pero es para no detenerse en la viga que tienen delante de sus ojos. Y también quienes saben mirar con compasión y descubrir rincones ocultos.
Hay quienes creen que se escuchan a sí mismos en sus gustos, en sus necesidades, en sus caprichos. Y que están atentos y se conocen. Pero no atienden los gritos de su corazón pidiendo amor, perdón, cariño, felicidad. Ni tampoco podrán entonces, escuchar con sinceridad a otros.
En el discernimiento y el proceso de evangelización los sentidos ocupan un lugar privilegiado para aproximar a los jóvenes al Evangelio, a la realidad más humana de Jesucristo. Sin embargo, quedarse en ellos sería potenciar lo mismo que la sociedad en la que se encuentran.
Ver cristianamente es siempre "mirar con fe", dejándose mirar por Dios. ¿Es posible plantear en una oración que Dios nos está mirando ya, ahora, en cada momento? Y escuchar cristianamente es "escuchar con fe", queriendo y amando. ¡Dios escucha!
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