JESUCRISTO, siempre provoca tensiones a quien le sigue. |
Si no te has dado cuenta todavía, algo falta a tu vida de fe, a tu vida cristiana, a lo más humano que tienes y a lo más profundo.
La palabra especial en toda tensión es "entre", porque se trata de colocar a la persona e un nuevo horizonte del que no pueda olvidarse ni prescindir. Entre antes y después.Entre lo humano y lo divino. Entre los sentimientos y el corazón. Entre lo bueno, lo malo y lo mejor. Entre el presente y el futuro. Entre el hoy y el mañana. Entre la luz y el día. Entre la soledad y la compañía. Entre el individuo y la comunidad. Entre el mundo y el Reino. Entre lo cotidiano y la vocación. Entre el trabajo y la misión. Entre lo práctico y el sinsentido. Entre la locura y la cordura. Entre pensar y sentir. Entre dejarse llevar y elegir libremente. Entre la ignorancia y la fe. Entre la fe y la cultura. Entre lo que Dios dice y lo que quiero escuchar.
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Continuar más allá de la experiencia, de lo que se ve |
La humanidad de Jesucristo es para muchos el punto de partida. Una vida magnífica, contada con encanto en los Evangelios y explicada con pasión por sus catequistas. Curar enfermos, acompañar a los desalentados, reunir una comunidad, servir, gestos extraordinarios de amor para los amigos, palabras inconmensurables... Y secreto que se desvelan al tiempo que se comparten por aquellos que "van delante en la fe" y que parecen creer más.
Una humanidad que, convertida en referencia de vida, se traduce para muchos en un conjunto ético de prácticas "a realizar", de sueños imitables. Palabras que se llevan a la oración y se traducen en vida. La meta está situada. Es allí hacia donde debemos caminar.
Pero algo trunca la sencilla travesía y lo claro se torna oscuro. El momento en el que deja de ser un personaje histórico sin más. La Pascua. La Encarnación y la Resurrección. Palabras enormes.
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Él es el Hijo. Es Dios Encarnado que no deja de ser Dios. Muestra el Camino al Padre, guía a la humanidad y hace suyos sus afanes. Él es Dios. No se ancló en el pasado, su vida es inseparable de la mía. Me miro y me pregunto a mí mismo para descubrirle a Él cercano. Su oración intensifica la mía. Deja de ser un código ético, una ley práctica para acompañar mi camino. Es Dios. Y poco más puedo decir a partir de ese momento.
Y cuando todo se convierte, en la vivencia de la fe, en desbordante, en sublime, en misterio y mística... devuelve a la realidad. Su rostro me recuerda que Él es hombre, que mirar a lo alto durante horas para escuchar lo que viene de lo alto ha perdido su encanto. Dios ha decidido encarnarse, participar de la historia de todo hombre, de toda mujer.
¡Tensiona! ¡Me tensiona! No es posible la indiferencia. Su Palabra no pasará, pero sí traspasará el corazón del que la escucha.
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