Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo,
no estaba con ellos cuando vino Jesús.
Y los otros discípulos le decían: Pero él les contestó:
en sus manos la senal de los clavos,
si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado,
no lo creo.> A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas,se puso en medio y dijo: Luego dijo a Tomás: tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.>Contestó Tomás: Jesús le dijo: Dichosos los que crean sin haber visto.>
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¡Señor mío y Dios mío! |
¿Qué le queda a Tomás si no es entregar su propia vida? ¿No quería conocer a Dios, por fin creer de todo corazón? Tomás, con una expresión bellísima, vuelve a la Alianza que Jesucristo había realizado con Él de forma singular. Tomás retoma lo vivido, pero ahora desde otra perspectiva, la de no merecerse llamarse hijo, discípulo o hermano, sino sólo siervo, sólo alguien pequeño, sólo alguien que se ha dejado engañar o que ha trastocado sus pasos. Su bella expresión es la de quien desea permanecer unido, no al grupo, no a la comunidad, sino más allá de ella a Dios, de quien se sentía separado y desatado, desligado, desvinculado y de alguna manera incluso traicionado, pero que ahora tiene ante sus ojos que toda distancia era su responsabilidad, su amargura, su temor más íntimo.
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