Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo,
no estaba con ellos cuando vino Jesús.
Y los otros discípulos le decían: Pero él les contestó:
en sus manos la senal de los clavos,
si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado,
no lo creo.> A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas,se puso en medio y dijo: Luego dijo a Tomás: tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.>Contestó Tomás: Jesús le dijo: Dichosos los que crean sin haber visto.>
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Y los discípulos le decían... |
El relato muestra cómo inmediatamente antes, el Señor se había aparecido al grupo de los apóstoles estando estos encerrados en una casa por miedo, temerosos de repetir los pasos del Maestro hasta la Cruz al ser descubiertos por los romanos, o por los judíos, o por cualquiera. Sólo miedo anidaba en su interior, y a fuerza de mantenerse cerrados sobre sí mismos, es de suponer que la incertidumbre y sensación de desprotección aumentaría. Pero el Señor se les apareció dándoles paz, seguridad y valentía radicalmente distintas a las conocidas anteriormente. ¡Cuánto cambió su corazón! ¡Cuántas veces tuvieron que ser tocados por Dios!
Los apóstoles no pudieron callarse aquello. Fueron a buscar a Tomás, que se había perdido como la oveja de las parábolas. No pudieron guardarse para sí mismos lo sucedido. Y de los primeros en enterarse debía ser Tomás, nuevamente reunido con ellos para continuar la misión. De alguna manera, con Jesús Resucitado, todo el edificio volvía a levantarse, todo volvía a tener sentido, a recobrar su primera invitación al Reino. De hecho, de ser así, de no haber sido engañados por los ojos, el Reino acababa de comenzar.
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