Hemos quedado fuera de la valentía, luego somos cobardes. Pero tampoco estamos satisfechos con esos, porque "cobardes, cobardes... pues no del todo."
Entre la valentía y la cobardía empezamos a dibujar matices para saber si entramos en ella. No nos gusta eso de ser cobardes, no va con nosotros. Y somos valientes para esto, y para esto no. Y así, dándole vueltas a la cabeza nos perdemos.
La valentía es un don del Espíritu. Así de sencillo. Es valiente aquel que se deja conducir a imagen de Cristo. ¡Ese es un valiente! No el gran héroe que todo lo decide y todo lo puede, y que llama a todos sus amigos raros (de esos que nunca hemos visto por la calle) y juntos forman el equipo al que nadie vence. No. Un valiente llama a sus amigos débiles y juntos, porque viven el Evangelio, son capaces de más de lo que ellos creían, porque han soñado algo más grande de lo que son.
Un valiente es el que sueña, el que ha recibido una palabra que no comprende y en la que ha creído, el que ha apostado por la vocación que ha recibido, el que no deja que "se pierda" el sentido de su vida, ni su tiempo, el que sabe que los demás esperan que se entregue con amor. El primer sorprendido de todos, es el valiente. No está en sus fuerzas meramente sacar adelante la misión, ni siquiera en el grupo de amigos, sino en la fe que les empujó al inicio y que les ha llevado a donde están. ¡Ese es el valiente! ¡El que disfruta y es testigo de lo que Dios hace con él!
La valentía es un don. La cobardía, un gran pecado que tuerce los caminos de los que "quieren tener todo claro", de los que "se fían con dificultad", de los que "no dan un paso por no arriesgar", de los que "piensan que es demasiado grande y yo poca cosa," de los que "no se dejan querer por Dios hasta el final". La valentía es un don que Dios no se reserva, o que sólo da a unos frente a otros.
Si la valentía es un don, recíbelo con paz y con tranquilidad. No cierres los ojos y tires hacia adelante. Mira bien alrededor y confía.