Y es la incógnita la que genera las preguntas más fuertes: ¿Quién soy entonces? ¿A dónde iré? ¿Cuál será mi futuro? ¿Seré feliz en mi camino? Y no siempre se tiene hoy respuesta. Se resuelve un día, y al día siguiente nos levantamos igual, con los mismos interrogantes. ¿Qué será de mi vida?
No todo se puede controlar, ni estar totalmente seguro de todo. La inseguridad, el enigma forma parte de nuestra vida. Porque quienes tienen que esperar a que esté todo claro para dar pasos en la vida, se quedarían permanentemente quietos. Dios nos ha creado compartiendo su imagen, y en ella está escrito que somos insondables, que somos demasiado grandes para encerrarnos permanentemente, que estamos llamados a ser incansablemente libres.
Y también esto forma parte de nuestra vocación. Se intuyen algunas cosas, pero no se controlan. Si se controlase, si se supiese todo... dejaría de ser un enigma, dejaría de ser de Dios, no tendría nada que ver conmigo. Adentrarse en la inseguridad, en lo desconocido es irse descubriendo. Para quienes viven siguiendo a Cristo en lo cotidiano esto es fundamental, no poder manejar todo, ni decidir todo por sí mismos. El enigma invita a escuchar, a recibir de otros también una palabra nueva. Y para el cristiano esta palabra viene de Dios.