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La experiencia de las diferencias
"diligencia" o dejarse conducir con libertad

En el desierto no existe camino, o al menos no está claro. Sólo hay puntos, alguna que otra referencia fija. Mirar a la tierra en el desierto intentando encontrar las huellas del ayer es tarea inútil, frustrante e ineficaz. Es más fácil alzar la vista al cielo y dejarse guiar por las estrellas.

La diligencia es una palabra muy escolapia. En latín está emparentada con "amar", pero hoy en castellano la hemos convertido en eficacia, esmero y rendimiento.

Pero es más. Calasanz habló de diligencia en el trabajo, porque era consciente de que, si a la educación le falta el amor, ha perdido el sentido por el que estaba en el mundo. Los maestros, profesores y todos los educadores (catequistas, entrenadores, personal de centro) necesitan recuperar esta palabra para su hacer: diligencia. Es el núcleo de su vocación. Sin la diligencia, tampoco se entenderá dentro de unos años por qué se está haciendo esto. Y eso es una tragedia. La persona diligente, que se pone a preparar y está delante de las personas que educa, sabe por qué está ahí, en ese lugar del mundo y no otro, y tiene claro qué puede aportar y qué no.

La diligencia aporta claridad en las metas, sensatez en el hacer, miras altas desde los más pequeños, optimismo frente a quienes desaniman, y sobre todo la posibilidad de la santidad. La diligencia es lo que convierte una tarea cotidiana y un tanto despeciable, como es la de enseñar, en parte del Evangelio, porque su misión es amar. Amar enseñando, amar dialogando, amar en el trabajo en grupo y también en la soledad de la reflexión, amar cuando se atiende a quien no sabe y a quien parece que va por delante del resto, amar cuando se señalan las tareas y se ponen los exámenes y notas. En todo amar, en todo servir. Esto es ser diligente.

Las tres cualidades de la diligencia son: (1) Claridad. Que no viene de nosotros, sino de entender nuestra vida en diálogo con Dios. Es él quien nos ha puesto aquí, delante de estas personas, con estas cualidades y dones, pero sobre todo con nuestra vodación. (2) Ir a lo fundamental. Sin perderse ni desviarse. No cesar en nuestra ruta, que está marcada por el Evangelio, que está ya orientada pero que desea hacerse real y encarnarse. (3) Atrevimiento. Porque desear lo mejor, requiere personas valientes y arriesgadas. Atrevimiento porque va más allá de lo que nosotros muchas veces queremos. Lanza, arriesga, ama sin límites, creyendo que existe más de lo que vemos.

para no quedarse en palabras

¿Eres una persona diligente? ¿A qué se enfrenta hoy la diligencia: al desánimo, al considerar el trabajo como una forma de dinero entre otras, a considerar que el trabajo es simplemente una forma de hacer y hacer? Cuando te pones en tus tareas, ¿crees que se puede amar con ellas a toda la humanidad, como Dios ama a todos los hombres, o se queda en una cosa más que hacer y sólo tú eres responsable de ella?

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