Pero es más. Calasanz habló de diligencia en el trabajo, porque era consciente de que, si a la educación le falta el amor, ha perdido el sentido por el que estaba en el mundo. Los maestros, profesores y todos los educadores (catequistas, entrenadores, personal de centro) necesitan recuperar esta palabra para su hacer: diligencia. Es el núcleo de su vocación. Sin la diligencia, tampoco se entenderá dentro de unos años por qué se está haciendo esto. Y eso es una tragedia. La persona diligente, que se pone a preparar y está delante de las personas que educa, sabe por qué está ahí, en ese lugar del mundo y no otro, y tiene claro qué puede aportar y qué no.
La diligencia aporta claridad en las metas, sensatez en el hacer, miras altas desde los más pequeños, optimismo frente a quienes desaniman, y sobre todo la posibilidad de la santidad. La diligencia es lo que convierte una tarea cotidiana y un tanto despeciable, como es la de enseñar, en parte del Evangelio, porque su misión es amar. Amar enseñando, amar dialogando, amar en el trabajo en grupo y también en la soledad de la reflexión, amar cuando se atiende a quien no sabe y a quien parece que va por delante del resto, amar cuando se señalan las tareas y se ponen los exámenes y notas. En todo amar, en todo servir. Esto es ser diligente.
Las tres cualidades de la diligencia son: (1) Claridad. Que no viene de nosotros, sino de entender nuestra vida en diálogo con Dios. Es él quien nos ha puesto aquí, delante de estas personas, con estas cualidades y dones, pero sobre todo con nuestra vodación. (2) Ir a lo fundamental. Sin perderse ni desviarse. No cesar en nuestra ruta, que está marcada por el Evangelio, que está ya orientada pero que desea hacerse real y encarnarse. (3) Atrevimiento. Porque desear lo mejor, requiere personas valientes y arriesgadas. Atrevimiento porque va más allá de lo que nosotros muchas veces queremos. Lanza, arriesga, ama sin límites, creyendo que existe más de lo que vemos.