Pero casi siempre el motor de los deseos suelo ser "yo mismo". Son mis deseos los que he aprendido a dar voz, los que dialogan continuamente conmigo y me proponen nuevas puertas y caminos. ?Y si encontrase alguien comprometido conmigo en mis deseos más profundos? ?Y si alguien me acompanase hasta el final, hasta el punto de compartir conmigo mis propios deseos? ?Y si mis deseos los hiciese suyos, si me ensenase a dibujar con sinceridad qué deseo realmente y qué es algo superfluo?
Sin duda sería un ejercicio hermoso en el que aprendería que lo que llamo "deseo" algunas veces no es más que "modas pasajeras". Sin duda entraría en un mundo, propio y personal, que se queda con lo auténtico, con el corazón, con lo que permanece. Dicen los grandes maestros de la tradición cristiana que el hombre no quiere para sí lo que muere, sino lo que da vida para siempre. No deseamos por tanto "cosas", sino vida, y si algunas veces nos "lanzamos apresuradamente entre las cosas" es porque entendemos que nos dan vida, que nos van a ayudar a vivir mejor. ?Cuántas veces sin embargo experimentamos frustración después, como si nos abandonasen nuestros deseos? Sencillamente, nos habíamos confundido, hemos errado, hemos gastado nuestras fuerzas en conquistar algo que no da vida.
Y el deseo permanece, es constante. Sigue senalando de forma ininterrumpida que la persona no puede saciarse con facilidad, que no hay "cosa" que la llene. Y el deseo continúa quemando interiormente. Y el deseo avanza hacia el amor, hacia la vida.
?Qué tiene que ver todo esto con la vocación? Aprender a conocer qué son deseos realmente personales, de vida y amor, y qué son enganos que se han "cubierto" con el manto del deseo sin serlos. Apartar unos y comenzar a escuchar a esos otros. El deseo, como palabra interior del hombre, también viene de Dios. Y vocación es escuchar, con sinceridad y sin confusión, qué es lo mejor para el hombre.