Los pequeños son especialmente sensibles. Es como si tuvieran un rádar peculiar para detectar sentimientos, sensaciones, emociones. Difícilmente, aunque creemos que les engañamos, se les escapan los detalles. No podrán interpretar por qué, pero saben, conocen y sufren.
"¿Te molesta?", dice Juan. María responde: "¿Qué?" Y Juan pregunta de nuevo lo mismo, idéntico, sin añadir ni una coma. María: "No sé a qué te refieres." Juan: "Tienes mala cara, como si te hubiera molestado algo." Y María: "Pues ahora mismo tú. Me estás molestando porque estaba tranquila hasta que has llegado."
Un signo de reconciliación es que alguien pueda tender la mano a quien lo necesita. Es posible que la pregunta más incómoda abra la brecha más grande. Y también es posible que quien pregunta no busque nada más que lo mejor para nosotros. Es posible, igualmente, que aquel pequeño de la historia sólo manifestase su preocupación con las fórmulas de los mayores, y haya aprendido a preguntar cuando lo que le nace es dar un abrazo, un beso, una caricia o decir "te quiero." Sólo es posible. Quien toca una herida, sin saberlo, puede verse sorprendido. Pero una vez más, esos pequeños, nos muestran que la única manera de curar es tocarla con sabiduría y amor.