Cuántas veces habremos escuchado los maestros esto. Y cuántas otras veces, anteriores, como compañeros, no lo habremos oído al compañero del pupitre, el que estaba justo al lado, y habremos igualmente ayudado. Cuántas veces, como alumnos nosotros esta vez, habremos sentido la necesidad de levantar el brazo y preguntar. Es una historia que continúa.
El alumno, sentado como siempre, mira la pizarra y se pregunta qué está haciendo su maestro. ¿Escribe o dibuja? No lo entiende bien. Quiere preguntar, pero parece que es el único que no lo comprende. Todos los demás permanecen atentos y asienten. Continúa entonces escuchando confiando que lo descubrirá en algún momento. En otras ocasiones tuvo que esperar hasta el final para saber de qué iba todo aquello. Ahora lo que le importa es seguir la explicación paso a paso, intentando captar de qué va.
Al final, comienzan los ejercicios prácticos. Se trata de poner en marcha lo que se ha aprendido. Comienzan los sudores. Hace algo, que parece estar bien. Inseguro por el resultado y cansado de tanto esperar, se levanta, va hacia la mesa del profesor y le pregunta: "¿Está bien?" Entonces el maestro le devuelve la pregunta: "¿Cómo se hace esto?"