Estaba jugando. Se le olvidó hacer sus tareas. El padre ha llegado a casa, y enfadado del trabajo se ha redoblado su malestar al comprobar que el pequeño comienza a desatender cosas fundamentales por ocio, diversión, pasárselo bien. Como no ha hecho las tareas, se quedará sin cenar hasta que las haga. Lo cual significa que, el padre al que no ha visto durante el día, tampoco podrá estar con él en este rato diario. (No siempre vemos estas cosas en la realidad, más allá del cabreo)
El niño, al terminar lo que debía estar finalizado hace más de dos horas, se acerca y dice: "Ya he terminado. ¿Puedo cenar?" Y todo vuelve a su cauce, con retraso. El padre ya ha descansado, está más tranquilo, sin la presión de ir a un sitio u otro, simplemente de estar. El hijo se ha dado cuenta del error y de que su padre, lo que realmente quería, era pasar un tiempo con él, como normalmente ocurre, entre risas y comentarios en la cena y postcena antes de ir a dormir. Pero hoy son dos horas de retraso, y no es posible. El niño pregunta, ¿crees que puedo cambiar? Y se abren dos posibilidades: el rotundo sí, que daría alas y confianza, pero que puede que mañana se convierta en mentira; o el quizá dubitativo, que espera a saber qué ocurre para no equivocarse. Por amor, el padre elige una afirmación condicional "sí, juntos." Sin lugar a dudas, la mejor respuesta posible. Hoy el padre, aunque no estuvieran en la cena juntos, no le ha dejado solo con sus errores. También los sufrió.