desde los pequeños
 
¿He hecho algo que no te gusta?

 

¿Te suena familiar? ¿Lo has dicho alguna vez? ¿Lo has escuchado de otros? ¿Te has sentido culpable? Todos hemos pasado por aquí, y cuanto más niños éramos, más culpables nos sentíamos. De mayores puede ser una "oferta indagadora", pero de pequeños nos encontrábamos realmente mal.

"Mamá, ¿he hecho algo que no te gusta? Lo sé." La madre responde, siguiendo el hilo: "¿Y por qué lo sabes? Si lo sabías, por qué lo has hecho." Ahora ya se dan pistas. Ha ocurrido algo, que todos sabíamos que no se podía hacer, sin embargo, lo hemos hecho. Y el niño continúa: "¿Ha sido...?" Pues sí, era eso. Porque la madre antes de terminar la frase volvió su cara, dejó sus tareas y se puso a hablar con el pequeño. ¿No te das cuenta de que es por tu bien, que eso te hace daño, que no te ayuda?

Si el niño responde que "no" se vendrá abajo la magnífica argumentación de la madre sobre las cosas que se deben y no se deben hacer. Bastó el silencio, más poderoso, para indicar un camino inadecuado. ¿Con Dios nos ocurre lo mismo, pero sin la argumentación posterior? ¿Dios también se calla frente a lo que no le agrada? ¿Existe un camino diferente para llegar a este punto y reconocer lo que nos daña, una vía distinta a la de la culpabilidad?