Una discusión. Nada fuera de lo normal. No entiendo por qué a estas alturas de nuestra vida no nos hemos acostumbrado. Puede que sea porque los pequeños sólo llevan dándose cuenta de su importancia un par de años. Antes sufrían, sin saber por qué. Ahora, con cinco años, ya saben que, al menos en parte, puede que vaya con ellos la discusión.
"¿Me perdonas?" Dice el pequeño. Se escucha entonces una frase dolorosa: "¿Crees que debo hacerlo?" Todo se acaba de complicar, porque ahora el perdón debe ser adquirido, con algo, tiene un precio a pagar que es reconocerse merecedor de él. Todo ha cambiado, ya no es importante lo que ocurrió, sino lo que está ocurriendo. El padre, la madre, el adulto, sin ser consciente acaba de situarse al otro lado de la frontera, en el lugar de quien puede perdonar o puede no hacerlo.
La sencillez del abrazo, de la palabra amiga, de la sonrisa que quiere que todo vuelva a la normalidad. La parte responsable, porque todos tenemos parte, que no es omitida y que quiere ser también perdonada es clave. ¿Crees que sería diferente si se hubiera respondido "y tú a mí también me perdonas"?