desde los pequeños
 
¿Y por qué?

 

Por qué las cebras tienen rayas, por qué los elefantes orejas tan grandes. Por qué Caperucita desobedeció. Por qué son diez los números, y no quince, o veinte, o siete. Por qué nos vamos a otra ciudad, por qué nací aquí. Enfrentarse a estas preguntas, constantes, mientras somos pequeños es nuestra manera de conocer el mundo, de ir más allá contantemente.

El padre lleva a su hijo al supermercado, no de excursión, sino porque le pilaba de paso. "Vamos a entrar aquí un momento, ahora vamos a casa. ¿Vale?" El hijo: "Por qué." El padre: "Porque tenemos que comprar unas cosas que pidió tu madre esta mañana." El hijo: "Por qué no las compraste esta mañana entonces." El padre: "Porque no tuve tiempo." El hijo: "Por qué." El padre: "Porque me entretuve." Y así sucesivamente, muchas y muchas preguntas. Llegué a contar quince. Y en cada uno de los porqués, el padre se dejaba entrever a sí mismo. Ocupaciones, pereza, dedicación, haber guardado palabras de otras personas, responsabilidades. ¿En qué momento dejamos de ser tan sanamente curiosos que "desvelamos" personas en profundidad?