desde los pequeños
 
¿Me enseñas a rezar?

 

Tenía cuatro años. Mi abuelo había muerto esa noche, una como otra cualquiera, sólo especial desde entonces. Mi madre se fue a su cuarto mientras mi padre nos daba la cena. Todo estaba preparado para el viaje. En una hora salíamos hacia el pueblo.

Mi madre me dijo entonces: "El abuelo se ha muerto, por eso estamos tristes, pero no te preocupes. Tenemos que rezar por él y por la abuela, que se queda sola." Y le respondí si quería enseñarme.

Aquella noche mi madre me enseñó a rezar de verdad. Hasta entonces creo que sólo había pedido por mí, por mis cosas, para que todo me fuera bien. Pero aquella noche no, aquella noche descubrí que la familia no estaba lejos cuando el Padre nos unía, que el dolor y la tristeza delante de la cruz eran distintas, que Dios no abandona, ni se muestra lejano cuando el hombre deja de preocuparse por sí mismo. Éste es el secreto de la oración: dejar de mirarse a sí mismo. "Mi abuelo está bien, es querido, está con sus amigos, ahora ama de verdad a todos, también a mí y a los que estamos tristes", y lo sé desde aquella noche.