En una discusión o enfado, se dicen muchas cosas. Algunas son ciertas, y otras van más allá de lo que está ocurriendo. No pocas veces nos damos cuenta de que hay algo que no teníamos que haber dicho, ni hecho.
"Déjame en paz, quiero descansar. Siempre estorbas, estás por aquí y por allí, siempre te veo. Y ahora quiero descansar, estar tranquilo. Déjame." El niño ya no sabe. Está contrariado. Son palabras demasiado grandes, fuera de la conversación. Sólo quería jugar. Su padre acaba de entrar por la puerta del trabajo, y pocas veces pasan tiempo juntos. Y sin dejar de mirar fíjamente, con lágrimas en los ojos, pregunta: "¿Por qué me dices eso?" Y sale corriendo.
Corre porque sabe que no hay respuesta fácil, ni posible quizá. Pero no quiere escuchar más. No encontró lo que esperaba. Y encontró lo que nunca quiso esperar. En la puerta de su habitación, espera el padre para pedir perdón. El niño dentro, después de rezar, pronuncia unas extrañas palabras: "Yo siempre te querré." Es el padre quien ahora pregunta: "¿Por qué me dices eso? No merezco tanto." El niño estaba leyendo un libro, con dibujos, llamado Biblia y que siempre le espera en su cuarto.