desde los pequeños
 
¿Por qué gritas? ¡Te he oído!

 

La madre, el padre, los hermanos, todos reunidos y en casa. La mesa puesta. Uno se retrasa. El otro que no llega. Y, quebrantando y rasgando toda tranquilidad, se oye un grito: "¡Venid, ya!" Comienza la historia.

El más pequeño: "Papá, ¿por qué gritas? ¡Te he oído"!" El padre responde, ahora más tranquilo: "Ya, hijo. Tú sí. Claro, porque tú estás sentado a la mesa, por eso me escuchar. Pero tus hermanos no, que andan por ahí. Tú estás conmigo, pero los otros no." El más pequeño continúa: "Entonces, si el problema es que no están, y que no te escuchan, por qué gritas. Yo te he oído." Desencajada la cara del padre, casi ha olvidado a los mayores, y continúa: "Pero es que es la hora de cenar, y no están aquí, a la mesa, con nosotros." El más pequeño se sonríe: "Papá, qué fácil es que dejes de gritar, y qué difícil es que vengan mis hermanos mayores a la mesa. ¿La próxima vez puedes gritar que yo sí estoy sentado?"

Estar pendiente de lo que falta es el paso previo a cabrearse, enfadarse, ponerse a gritar. ¿Te imaginas un mundo donde los pequeños no aprendan a fijarse en lo que falta sino a valorar lo que tienen? Es el Evangelio: Dios se da a sí mimo. ¡Cómo no alegrarse por esto!