desde los pequeños
 
¿Ya nos vamos...? ¿Ahora?

 

Todos, en la fiesta de cumpleaños de un amigo o en una situación favorable, hemos recibido de nuestros padres estas palabras: "Menganito, ¡nos vamos! Coge lo que sea tuyo y vámonos!" Siempre venían en el peor momento. Faltaba poco para terminar el juego, estamos terminando el partido, todo se ponía interesante, e incluso estábamos escondidos. ¡Pero nuestros padres no cejaban! ¡Nos vamos!

A Pedro, Juan y Andrés les pasó algo similar. En la cima de una montaña, acompañando a Jesús, se sintieron como en el cielo, En la cumbre de su vida. No querían dejar aquel lugar, ni aquella presencia. Estaban dipuestos a lo que fuera. Quedarse, permanecer, estar. Quizá simplemente eso, estar. Lo maravilloso era estar, formar parte, involucrarse, ser testigo. Y Jesús, al rato, les dijo: "Vámonos." Entre los dientes, a los discípulos se les quedó la palabra: "¿Por qué, aquí estamos muy bien? ¡Quedémonos! ¿Para qué volver cuando hemos conocido un lugar único en el mundo?"

Sin embargo, respondieron y bajaron. Abandonaron aquel lugar, no la compañía de Jesús. Atrás quedó el impacto, no la experiencia, ni la fe.