Un niño me pregunta, en el oratorio de la escuela, cómo me gustaría a mí que él fuese de mayor. Fue después de la Eucaristía.
Me dieron ganas de abrazarle. He visto muchos cuadros en los que el padre del hijo que llamamos pródigo vuelve a casa y es recibido. Me dieron ganas de dejarme abrazar por él. Sus brazos son pequeños, su corazón enorme. Pensé en varias cosas de golpe: bueno, mayor, buena persona, buen cristiano, comprometido, solidario, justo, trabajador, humilde, sencillo, grande, importante, fuerte... Al final le dije que lo que realmente le gustaría a Dios es que no perdiese el gran regalo que ahora tenía, ser pequeño.
Me miró... no sé cómo. Pedí a Dios que se hiciera realidad lo que había escuchado, que no perdiese su inocencia, su docilidad, la búsqueda de respuestas. Y sobre todo, que no llegase a "ser mayor" dejando de ser "pequeño para el Reino, pequeño y agradecido con la fe, pequeño y agradecido por el Amor de Dios." Me temo que son muchos los adolescentes y jóvenes a los que se les roba, y se dejan robar, su inocencia y frescura. Pero también a muchos niños se les priva de este don.