En casa, viendo la televisión. En el colegio, en las conversaciones, en las clases, en la oración de la mañana, en la celebración de los grupos, en la Eucaristía del domingo. Por todos lados se habla de la guerra, del "enfrentamiento bélico", del "conflicto armado"...
Un niño pregunta, con su sabiduría particular, ¿cuándo va a terminar la guerra? No es algo tan evidente, porque se puede preguntar muchas cosas. Quiénes luchan, por qué, quién es más fuerte... y la peor de las preguntas, que sería ¿quién vencerá? A su modo, los niños llegan a lo más importante. No saben ni dónde está Gaza, ni distinguen entre Hamas y los palestinos, tampoco entre israelíes y judíos. Da igual, van a lo fundamental, al núcleo. A lo extraño.
Pero la conversación hoy no termina con la respuesta de su padre. Porque no puede responder. No sabe cuándo, pero tampoco puede asegurar que terminará en algún momento. Sólo silencio, por parte de su padre. De tal manera que el niño, solo porque así lo ha querido el mundo de los mayores, sólo puede concluir que es mejor no pelearse con su amigo Pedro, que si no se sabe cuál es el final tampoco por dónde empieza todo.