Ahora, echando la vista hacia atrás, con una confianza agradecida, siento que el inicio de mi vida escolapia ha sido como la de un todoterreno.
He vivido la fuerza de la misión, la pasión en la oración, la emoción de la confesión y la grandeza de la educación. Me he lanzado a cosas que no veía claras, con confianza. ¿Cómo ha sido posible todo esto? ¿Quién lo ha hecho posible?
Una buena meta, una meta que da fuerzas. Y que yo no he puesto en mi vida, ni siquiera para ser mejor. Es la fuerza de la educación, el placer de ver que otros crecen. Contemplar cómo van cambiando los muchachos en la escuela, valorar su esfuerzo y atrevimiento. Y así una vez y otra. Esta meta, construir el Reino, ¿quién me la ha dado? El mismo Dios que a mí me cambió el corazón. En la vida del escolapio, poco a poco, se van abrazando la vida del evangelio con la educación de los pequeños. ¡Es una gozada vivirlo así!
Y un buen equipamiento. No es el mejor equipamiento posible, ni elimina las debilidades y dificultades personales. Pero ahí está y es más de lo que yo creía que nunca podría recibir. Es un equipamiento basado en la complicidad con el Señor y con quienes están cerca (o a quienes yo me acerco, como el prójimo). Es el equipamiento del estudio y del conocimiento, pero sobre todo del amor, del querer hacer, y de los sueños imposibles, de las grandes locuras. El equipamiento de la escucha y de la atención, de saberse débil y necesitado y querer aprender primero. ¡Esto sí! A mi nivel, sabiendo cuál es mi historia y mi pasado, se llama humildad, que es lo que capacita para recibir de Dios tanto la corrección y las llamadas a la conversión, como sus grandes sueños. Humildad que Calasanz quería para todos sus hijos y que los convertía en "todoterrenos", en cristianos atrevidos y ágiles, porque es Dios quien conduce la vida del escolapio.