El Oratorio de Niños Pequeños se remonta a tiempos del mismo Calasanz. Mientras otros niños estaban estudiando en la escuela, el Oratorio mantenía también su puertas abiertas, y un escolapio de especial calidad acompañaba a los niños a un nuevo encuentro. En las clases se aprendía de primera mano qué era un número y cómo se sumaba, o cómo se conjugan unas palabras con otras hasta formar preciosas frases. El Oratorio tendía lazos diferentes: mirar hacia Dios. En él los niños oraban.
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