Estos días, que celebramos la Semana de Calasanz, como patrono universal de la Educación, doy gracias por tantos miedos que me han hecho aprender. Aunque no es fácil. Se supone que un profesor lo tiene que saber, si no todo, casi todo. Esto implica conocer su asignatura (o varias), cómo explicarla, cómo están los alumnos... y tantas cosas. Pero sobre todo, cómo educar, que es lo mismo que decir algo así como "formar personas".
Hoy creo que ser maestro es casi lo mismo que ser fundador. Requiere libertad, claridad, saber qué se quiere e ir poniendo los medios para ello. Es dejar huella en alguien, es dar una palabra sobre la vida, sobre el mundo, sobre las personas. Es aventurarse sin saber qué va a salir. Es intentar que surja una persona donde se ve un niño o un joven. Es poner las bases, fundar y fundamental. Es dar herramientas para que él pueda construir, a medida que va conociendo. Es corregir el terreno y quitar piedras. Es fundar algo nuevo, es sacar a la luz lo que ya había.
Y algo común: todos los fundadores encuentran dificultades, de mil maneras. A Calasanz le venían de fuera, y también de dentro. Igual que hoy, en cada escuela, los problemas que hay que resolver y las respuestas que hay que dar no se limitan a las cuatro paredes. La tarea de educar es amplia, y para enfrentarse a ella se necesita creatividad.
Por último. En la cabeza y corazón quien funda algo, también está la sensación de estar entregando aquello que han recibido antes, como una misión y no como simple tarea (Calasanz, la primera escuela), es decir, de entregarse. Igual a mí, como maestro. ¿Qué puedo entregar? Hoy por hoy, muchas ganas y la seguridad de ser maestro por vocación.