Creo que los que llevan mucho tiempo sin confesarse se quedan sorprendidos. Decimos que "la gracia actúa y Dios perdona", y lo viven. Pero esperaban que sucedieran grandes cosas que nunca pasan. Lo único que les queda es una gran alegría y la sensación de haberse liberado interiormente. Que es otra de las cosas que aprendemos con el sacramento: La gran cantidad de cadenas que existen en torno a las personas.
Recuerdo una confesión en especial. En una Pascua Juvenil, un joven se acercó. Me pidió que le confesase, sin muchos temores ni miedos. En cuanto comenzamos a hablar, me di cuenta de que realmente iba en serio. Él abrió su corazón. Lo que al inicio eran palabras "de las de siempre" se convirtieron poco a poco en grandes preocupaciones. De su vida corriente pasamos a su búsqueda vocacional, a lo que Dios quería de él y a todo lo que evitaba que Dios guiase definitivamente su camino. Fuimos abriéndonos entre tanta maleza y se vislumbraron nuevos horizontes en el camino.
Al final dejamos de hablar del orgullo, de los pecados de los jóvenes, de la gente que nos rodea y de las cosas que nos impiden vivir lo que realmente deseamos. Al final, después de un diálogo en el que también pude darle mi experiencia de vida, todo parecía diferente. Ya no hablábamos de él sencillamente, sino de Dios, de Cristo, del que entregó su vida por nosotros, del que nos perdonó y salvó. Era Viernes Santo.
Aquel día descubrí que el misterio de este sacramento culmina en dejar de hablar del pecado que nos esclaviza para pasar a la libertad de los hijos de Dios. Y esto, precisamente por nuestra debilidad, no podemos hacerlo solos, sino por medio de la Iglesia, que es una gran madre.