Ayer mismo me tocó pasar la noche en un hospital, en la sección de pediatría de Urgencias. Una vez que entras por esa puerta todo se relativiza. Es como si el tiempo se detuviera y todos los plazos y citas y reuniones en calendario se desmoronaran y difuminaran en el olvido de lo innecesario.
Estás rodeado de bebés con pocos días que se debaten entre la vida y la muerte, ninos pequenos que luchan por respirar a través de un llanto afónico secuela de la cantidad de broncodilatadores inhalados. El llanto es su única forma de comunicación junto con su mirada y el subir y bajar de sus tripitas que buscan el bombeo del necesario oxígeno.
Las mamás al borde de las cunitas saben que sus hijos no dormirán hasta que el llanto cause el agotamiento necesario. Y aguardan, pacientemente tratando de curar con la mirada, con las lágrimas, con el abrazo apretado contra su pecho. Y curan, ya lo creo que curan.
Una nina acaba de entrar y apenas en dos horas le han comunicado a la madre que tendrá que pincharse insulina el resto de su vida. La madre se desmorona y trata de que la nina no aprecie en su rostro lagrimado los miedos e incertidumbres del futuro sobre ella.
Un lugar en el que la oración cobra su verdadero significado, el de espera y confianza total, abandono en los médicos y en que Dios les saque adelante. Una oración de contemplación, al pie de la cruz, de agradecimiento por todo lo que los ninos suponen y no siempre percibimos. Se olvidan sus travesuras y desvelos y nos muestran lo que siempre han sido, el rostro de Dios.
Eso son los ninos, el rostro de Dios, que nos comunica la forma de entender la vida desde la confianza, la ternura y el amor. Lo demás. pasará.
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