Nada tiene un valor especial por sí mismo. Es lo que nosotros queramos hacer de él. Lo que cada uno sea capaz de transformar, su capacidad para mirar al mundo de forma diferente. El dinero, es dinero, y dependiendo de cómo se use, se puede transformar en un signo de Dios para otros. Nuestros estudios, para qué. Nuestra inteligencia, el tiempo, el esfuerzo. ¿A qué se dedican?
Y también la propia vida. Tiene un valor sí misma, es cierto. Pero con eso no basta. ¿Qué hacer? ¿Cómo convertirla en signo de la presencia de Dios? Algo que llame la atención de los demás, que sea significativo y se pueda ver. No algo que se esconda, que viva como cristiano en la sacristía o en la Iglesia, donde todo habla de Dios. Si el hombre moderno no se acerca a escuchar, si no quiere abrir los ojos, al menos intentar que se quede deslumbrado por la presencia del Dios de los hombres, del Señor de la vida.
Todo puede convertirse en "parte del cielo", pero también en "nada más que tierra y barro" que se forma y pronto se rompe. El tiempo con los amigos, el descanso, la conversación especial que se produce cuando todos hablan desde el corazón.
Dios mira el corazón, no las apariencias